Mire mi viejo, le dije en el tono más apacible que pude, a mi me hace falta conseguir una caldera. Usted sabe que hoy en día la cosa está muy mala, y uno tiene que inventar con cualquier tareco viejo que se encuentre, porque cualquier cosa que uno recoge por ahí después le sirve para armar algo en la casa, ¿usted me entiende? Entonces a mi me hace falta una caldera, ya le dije, y ahora que pasaba por aquí me di cuenta de que hay una tirada allá atrás al costado del patio. Si usted me dejara entrar yo me la llevo en un momentico. Nadie se tiene que dar cuenta, porque eso está abandonado. No le estamos haciendo daño a nadie, yo me la llevo y usted hasta se gana unos pesitos.
Solté aquel discurso tal y como lo había ensayado frente al espejo durante toda la semana. Con lo viejo que estoy, pensé, lo que parecía era un chama de secundaria ensayando para enamorar a una jevita. Menos mal que había escogido las horas en que no había nadie en casa, ni nadie llamaba a la puerta; así no había peligro de que alguien me hubiese visto en ese pase. Y para colmo, enamorando a un viejo, puaf.
Vamos a ver, dijo el viejo. Supongamos que te dejo entrar, y tu te llevas el traste ese, y más nada. ¿Qué me gano yo con eso?
Ya le dije, mi viejo, le voy a dar unos pesitos y usted con eso resuelve la comida de mañana.
El viejo me volvió a mirar medio atravesado. Quizá se estuviera muriendo de hambre, pero no le gustaba que los demás se dieran por enterados, ni que se lo recordaran.
Mire, mire, me apuré a decirle al tiempo que metía la mano en el bolsillo para sacar un estrujado billete de veinte pesos. Lamenté en ese momento haber gastado el resto del dinero que traía en comprar el picadillo extraño que pasaron vendiendo frente a la casa, pero a esta hora no se podía hacer más nada.
¿Eso nada más?, dijo el viejo. ¿Por veinte pesos tú me quieres embarcar a mi, que estoy muy viejo para que venga cualquiera a meterme un cuento? Tú lo que eres un hijoeputa que me quiere joder.
Mi viejo, tranquilícese. Mire que yo no quiero lío, yo nada más necesito la caldera vieja para un invento que quiero hacer en mi casa. Fíjese, que yo soy inventor, pero ¿de dónde voy a sacar yo una caldera como esa?
Inventor tu madre, me gritó el viejo. Tú eres tremendo hijoeputa y ladrón que quiere robar en la fábrica. Y aquí no van a robar mientras esté yo de guardia.
Mientras decía esto, el viejo metió la mano tras el marco de la puerta y sacó un machete.
Lárgate o te rajo en dos, me gritó y alzó el machete sobre su cabeza. Pensé que pese a lo flaco y maltratado que estaba, el viejo muy bien podía cumplir su amenaza, y di un paso hacia atrás.
Solté aquel discurso tal y como lo había ensayado frente al espejo durante toda la semana. Con lo viejo que estoy, pensé, lo que parecía era un chama de secundaria ensayando para enamorar a una jevita. Menos mal que había escogido las horas en que no había nadie en casa, ni nadie llamaba a la puerta; así no había peligro de que alguien me hubiese visto en ese pase. Y para colmo, enamorando a un viejo, puaf.
Vamos a ver, dijo el viejo. Supongamos que te dejo entrar, y tu te llevas el traste ese, y más nada. ¿Qué me gano yo con eso?
Ya le dije, mi viejo, le voy a dar unos pesitos y usted con eso resuelve la comida de mañana.
El viejo me volvió a mirar medio atravesado. Quizá se estuviera muriendo de hambre, pero no le gustaba que los demás se dieran por enterados, ni que se lo recordaran.
Mire, mire, me apuré a decirle al tiempo que metía la mano en el bolsillo para sacar un estrujado billete de veinte pesos. Lamenté en ese momento haber gastado el resto del dinero que traía en comprar el picadillo extraño que pasaron vendiendo frente a la casa, pero a esta hora no se podía hacer más nada.
¿Eso nada más?, dijo el viejo. ¿Por veinte pesos tú me quieres embarcar a mi, que estoy muy viejo para que venga cualquiera a meterme un cuento? Tú lo que eres un hijoeputa que me quiere joder.
Mi viejo, tranquilícese. Mire que yo no quiero lío, yo nada más necesito la caldera vieja para un invento que quiero hacer en mi casa. Fíjese, que yo soy inventor, pero ¿de dónde voy a sacar yo una caldera como esa?
Inventor tu madre, me gritó el viejo. Tú eres tremendo hijoeputa y ladrón que quiere robar en la fábrica. Y aquí no van a robar mientras esté yo de guardia.
Mientras decía esto, el viejo metió la mano tras el marco de la puerta y sacó un machete.
Lárgate o te rajo en dos, me gritó y alzó el machete sobre su cabeza. Pensé que pese a lo flaco y maltratado que estaba, el viejo muy bien podía cumplir su amenaza, y di un paso hacia atrás.


1 comentario:
noe,
danos más ! es que nos quedamos sin saber que ha sido de la vida de tu gente rara, su caldera, etc...
carinhos, r.
Publicar un comentario