a lAs pUErtAs dE lA pOStmOdERnIdAd

En donde se podrán conocer asuntos tan interesantes como la verdadera historia de la muerte de Fabricio Ojeda, los mil y un trabajos de Raimundo Kahn y muchos otros chismes y cuentos que el narrador tenga a bien publicar.

lunes, 20 de octubre de 2008

tOdO pOr uNa cALdERa

La próxima tarea en la lista era hacerme de la caldera. Era una caldera vieja y abandonada a un costado del patio de la fábrica. Lo único que tenía que hacer era ir de noche y convencer al custudio para que me dejara cargar con ella. De día era más difícil, había mucha gente y yo no conocía a nadie que pudiera sacar la cara por mí si en el momento en que iba saliendo con ella en hombros, alguien se ponía a preguntar quién era yo y qué hacía en aquel lugar.
Por eso pensé que era más fácil recurrir a la buena voluntad del custodio. Al fin y al cabo la caldera la habían dejado tirada en el patio y se pudría por el óxido, la lluvia y las enredaderas que casi la cubrían, así que nadie en la fábrica la echaría de menos y era muy probable que demoraran días en darse cuenta que había desaparecido.
¿Cómo está, mi viejo?, le dije para entrar en confianza, al tiempo que sacaba la caja de cigarros del bolsillo. El custodio era un viejo flaco, casi esquelético, que dormitaba en una silla junto a la garita. ¿Tiene un fósforo que me regale?
El viejo me miró con mala cara. Posiblemente lo había despertado. Quizá lo mejor hubiese sido no decirle nada, esperar a que se durmiera, brincar la cerca y cargar con la caldera. Aunque no hubiera sido fácil salir con ella y sacarla por la cerca así como así. Esos viejos siempre se duermen, pero también andan con algún perro que al mínimo ruido empieza a ladrar y malea cualquier plan. Y yo, que nunca he sido ladrón y tengo mala suerte, no quiero terminar poniendo el comemierda por una caldera podrida.
El viejo me dijo que no tenía cigarros, ni tampoco fosforera, y para colmo hacía tiempo que no fumaba, porque alguien le había metido miedo con el cáncer de pulmón. Y también dejé de beber, me explicó, desde que se me inflamó el hígado hace como cinco o seis años. 
Tampoco parecía que comiera demasiado, y si tenía mujer debía estar más vieja y demacrada que él. Pensé que de morir en ese mismo momento, su lista de pecados no debía ser muy amplia, y si los tenía debían ser tan antiguos que de seguro Dios o quien estuviese a cargo se los perdonaría.
Aunque todavía faltaba por ver, me dije, qué tal le iba con el pecado de la avaricia.

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