Escribir es el único acto de libertad que me queda. Sentarme en la compu, abrir el procesador de texto, y escribir. Escribirlo todo, contar la historia de principio a fin. O más bien, contar esos pedazos inconexos que, tras unirlos de forma conveniente, y después imaginar ciertas zonas que han quedado vacías, conforman la historia.
Por eso es un acto de libertad. La historia es una sola, sucedió de una manera única, pero yo sólo la puedo contar tal y como me pareció, como la vi, como la supe; y por qué no, como la imaginé. ¿Alguien todavía cree que la guerra de Troya duró diez años? ¿Y que la bella Helena, pasados los hipotéticos diez años, todavía mantenía el frescor y la lozanía que tuviera cuando fue raptada por Paris? ¿Alguien se ha puesto a pensar en eso? ¿Y en que esa, como otras tantas cosas que tenemos por verdades absolutas, podrían no serlo? La historia no es más que eso, un cuento mejor o peor contado por alguien, una versión de lo que realmente ocurrió. Un invento.
Yo quiero contar la verdadera historia de la muerte de Fabricio Ojeda. No como se comenta por la calle. No como apareció contada en el juicio, al que no tuve más remedio que asistir, y que ha sido una de las experiencias más tristes que haya tenido. Revivir los últimos momentos de Fabricio, escuchar los testimonios adulterados en boca de muchos de los testigos, percibir que todo aquello no era más que una farsa bien montada por los jueces, los policías, y hasta por los mismos vecinos, sin poder hacer nada por desenmascararlos, fue algo que me condujo, con el paso de los días, por el camino de la depresión. Ahora quiero contar lo que sé, aunque nadie me crea; aunque nadie desee desempolvar el pasado, y muchos hagan el intento de silenciar mis palabras.
Por eso es un acto de libertad. La historia es una sola, sucedió de una manera única, pero yo sólo la puedo contar tal y como me pareció, como la vi, como la supe; y por qué no, como la imaginé. ¿Alguien todavía cree que la guerra de Troya duró diez años? ¿Y que la bella Helena, pasados los hipotéticos diez años, todavía mantenía el frescor y la lozanía que tuviera cuando fue raptada por Paris? ¿Alguien se ha puesto a pensar en eso? ¿Y en que esa, como otras tantas cosas que tenemos por verdades absolutas, podrían no serlo? La historia no es más que eso, un cuento mejor o peor contado por alguien, una versión de lo que realmente ocurrió. Un invento.
Yo quiero contar la verdadera historia de la muerte de Fabricio Ojeda. No como se comenta por la calle. No como apareció contada en el juicio, al que no tuve más remedio que asistir, y que ha sido una de las experiencias más tristes que haya tenido. Revivir los últimos momentos de Fabricio, escuchar los testimonios adulterados en boca de muchos de los testigos, percibir que todo aquello no era más que una farsa bien montada por los jueces, los policías, y hasta por los mismos vecinos, sin poder hacer nada por desenmascararlos, fue algo que me condujo, con el paso de los días, por el camino de la depresión. Ahora quiero contar lo que sé, aunque nadie me crea; aunque nadie desee desempolvar el pasado, y muchos hagan el intento de silenciar mis palabras.


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