a lAs pUErtAs dE lA pOStmOdERnIdAd

En donde se podrán conocer asuntos tan interesantes como la verdadera historia de la muerte de Fabricio Ojeda, los mil y un trabajos de Raimundo Kahn y muchos otros chismes y cuentos que el narrador tenga a bien publicar.

miércoles, 29 de octubre de 2008

rEgaTEo

Mire mi viejo, le dije en el tono más apacible que pude, a mi me hace falta conseguir una caldera. Usted sabe que hoy en día la cosa está muy mala, y uno tiene que inventar con cualquier tareco viejo que se encuentre, porque cualquier cosa que uno recoge por ahí después le sirve para armar algo en la casa, ¿usted me entiende? Entonces a mi me hace falta una caldera, ya le dije, y ahora que pasaba por aquí me di cuenta de que hay una tirada allá atrás al costado del patio. Si usted me dejara entrar yo me la llevo en un momentico. Nadie se tiene que dar cuenta, porque eso está abandonado. No le estamos haciendo daño a nadie, yo me la llevo y usted hasta se gana unos pesitos.
Solté aquel discurso tal y como lo había ensayado frente al espejo durante toda la semana. Con lo viejo que estoy, pensé, lo que parecía era un chama de secundaria ensayando para enamorar a una jevita. Menos mal que había escogido las horas en que no había nadie en casa, ni nadie llamaba a la puerta; así no había peligro de que alguien me hubiese visto en ese pase. Y para colmo, enamorando a un viejo, puaf.
Vamos a ver, dijo el viejo. Supongamos que te dejo entrar, y tu te llevas el traste ese, y más nada. ¿Qué me gano yo con eso?
Ya le dije, mi viejo, le voy a dar unos pesitos y usted con eso resuelve la comida de mañana.
El viejo me volvió a mirar medio atravesado. Quizá se estuviera muriendo de hambre, pero no le gustaba que los demás se dieran por enterados, ni que se lo recordaran.
Mire, mire, me apuré a decirle al tiempo que metía la mano en el bolsillo para sacar un estrujado billete de veinte pesos. Lamenté en ese momento haber gastado el resto del dinero que traía en comprar el picadillo extraño que pasaron vendiendo frente a la casa, pero a esta hora no se podía hacer más nada.
¿Eso nada más?, dijo el viejo. ¿Por veinte pesos tú me quieres embarcar a mi, que estoy muy viejo para que venga cualquiera a meterme un cuento? Tú lo que eres un hijoeputa que me quiere joder.
Mi viejo, tranquilícese. Mire que yo no quiero lío, yo nada más necesito la caldera vieja para un invento que quiero hacer en mi casa. Fíjese, que yo soy inventor, pero ¿de dónde voy a sacar yo una caldera como esa?
Inventor tu madre, me gritó el viejo. Tú eres tremendo hijoeputa y ladrón que quiere robar en la fábrica. Y aquí no van a robar mientras esté yo de guardia.
Mientras decía esto, el viejo metió la mano tras el marco de la puerta y sacó un machete.
Lárgate o te rajo en dos, me gritó y alzó el machete sobre su cabeza. Pensé que pese a lo flaco y maltratado que estaba, el viejo muy bien podía cumplir su amenaza, y di un paso hacia atrás.

lA oREjA pELudA 1

Por supuesto, siempre nos cae mal que nos dejen en el suspense, en el qué pasará. Aunque no tan mal, teniendo en cuenta que las telenovelas y seriales de televisión viven de eso, y todo el mundo las sigue.
Por sí o por no, aclaro que en algún momento deberé continuar con las historias que he empezado, pero deben tener paciencia: El narrador es un tipo muy ocupado, y no siempre tiene el tiempo que quisiera para escribir.

lunes, 20 de octubre de 2008

tOdO pOr uNa cALdERa

La próxima tarea en la lista era hacerme de la caldera. Era una caldera vieja y abandonada a un costado del patio de la fábrica. Lo único que tenía que hacer era ir de noche y convencer al custudio para que me dejara cargar con ella. De día era más difícil, había mucha gente y yo no conocía a nadie que pudiera sacar la cara por mí si en el momento en que iba saliendo con ella en hombros, alguien se ponía a preguntar quién era yo y qué hacía en aquel lugar.
Por eso pensé que era más fácil recurrir a la buena voluntad del custodio. Al fin y al cabo la caldera la habían dejado tirada en el patio y se pudría por el óxido, la lluvia y las enredaderas que casi la cubrían, así que nadie en la fábrica la echaría de menos y era muy probable que demoraran días en darse cuenta que había desaparecido.
¿Cómo está, mi viejo?, le dije para entrar en confianza, al tiempo que sacaba la caja de cigarros del bolsillo. El custodio era un viejo flaco, casi esquelético, que dormitaba en una silla junto a la garita. ¿Tiene un fósforo que me regale?
El viejo me miró con mala cara. Posiblemente lo había despertado. Quizá lo mejor hubiese sido no decirle nada, esperar a que se durmiera, brincar la cerca y cargar con la caldera. Aunque no hubiera sido fácil salir con ella y sacarla por la cerca así como así. Esos viejos siempre se duermen, pero también andan con algún perro que al mínimo ruido empieza a ladrar y malea cualquier plan. Y yo, que nunca he sido ladrón y tengo mala suerte, no quiero terminar poniendo el comemierda por una caldera podrida.
El viejo me dijo que no tenía cigarros, ni tampoco fosforera, y para colmo hacía tiempo que no fumaba, porque alguien le había metido miedo con el cáncer de pulmón. Y también dejé de beber, me explicó, desde que se me inflamó el hígado hace como cinco o seis años. 
Tampoco parecía que comiera demasiado, y si tenía mujer debía estar más vieja y demacrada que él. Pensé que de morir en ese mismo momento, su lista de pecados no debía ser muy amplia, y si los tenía debían ser tan antiguos que de seguro Dios o quien estuviese a cargo se los perdonaría.
Aunque todavía faltaba por ver, me dije, qué tal le iba con el pecado de la avaricia.

martes, 7 de octubre de 2008

dIsqUisICIoNeS dE uN pSicóPaTa

Y bien, ¿qué puede decir alguien que está recluido en el pabellón de los locos? Las enfermeras se las arreglan para darte todos los días la dosis de somníferos, te vigilan para que no hagas trampas, tómate toda el agüita y abre la boca para ver si te tragaste todas las pastillas. Ni que uno fuera un niño chiquito. Después de eso, el resto es silencio.
Los días pasan uno tras otro como si la vida consistiera en eso solamente: dormir a pierna suelta, hablar con los locos, y más tarde tomar las pastillas que te harán volver a dormir, y comenzar el ciclo nuevamente.
¿Que quién mató a Fabricio Ojeda? Eso ya no le importa a nadie. Fabricio Ojeda descansa tres metros bajo tierra hace mucho tiempo. También hubo un juicio, y del juicio salió un culpable y, una vez cumplidas tales formalidades, todos se olvidaron del asunto. Fabricio Ojeda no tenía familia, no tenía a nadie que lo echara de menos, ni que saliera a buscar la verdad acerca de los hechos que lo llevaron a la muerte. Solo estoy yo, que era su amigo, aunque el propio Fabricio quizá no lo supiera. Solo a mi me interesa saber lo que ocurrió, investigar los puntos oscuros que aun quedan en torno a su muerte, y hacer que los demás conozcan la verdad. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo escapar de este hospital de los mil demonios, rodeado de locos, donde se las arreglan para mantenerme drogado todo el tiempo?

¿y qUiéN eRa fABriCio oJEdA?

A estas alturas ya habrá algún curioso que desee saber quién era Fabricio Ojeda, a qué se dedicaba, cómo vivía.
Porque en las historias que la gente suele contar, por lo general hay un héroe o un protagonista. Una historia sin protagonista carece por completo de sentido. ¿De quién hablaríamos, en la vida de quién meteríamos nuestras narices con ánimo de fisgones, si no tuviéramos un protagonista?
Cuando lo conocí, Fabricio Ojeda ya había pasado por diversos oficios, entre los que recuerdo el de matador de vacas, hacedor de colchones, y cobrador de camionetas. Claro, cualquiera pensaría que no hay nada de particular en ellos, y que hasta pueden resultar ocupaciones honrosas. Eso, si no tuviera en cuenta que matar vacas era actividad clandestina, perseguida y penada con las más altas condenas que alguien pueda imaginar; que hacer colchones consistía, esencialmente, en rellenar los colchones viejos con paja, a la vieja usanza, para revenderlos más tarde como si fueran nuevos a los más altos precios; y que ser cobrador de camionetas, aunque era oficio legal, requería de un alto grado de mala fe, cierto afán de torturador y vocación de acarreador de ganado, lo cual nos lleva, como serpiente que se muerde la cola, al primer oficio. Vale decir que, además de las vacas, se dedicó durante cierto tiempo a matar puercos, lo cual también era oficio legal, y que justificaba de cierta forma el verlo de vez en cuando con la ropa embarrada en sangre, con el cuchillón colgando de un costado. A esas alturas uno nunca sabía si regresaba del matadero legal o del clandestino, aunque siempre podía encargarle alguna que otra libra de la carne prohibida, a sabiendas de que al día siguiente estaría el paquete sobre tu mesa, calentico y todavía chorreando sangre.

domingo, 5 de octubre de 2008

a mOdO dE inTRodUcCIóN

Escribir es el único acto de libertad que me queda. Sentarme en la compu, abrir el procesador de texto, y escribir. Escribirlo todo, contar la historia de principio a fin. O más bien, contar esos pedazos inconexos que, tras unirlos de forma conveniente, y después imaginar ciertas zonas que han quedado vacías, conforman la historia.
Por eso es un acto de libertad. La historia es una sola, sucedió de una manera única, pero yo sólo la puedo contar tal y como me pareció, como la vi, como la supe; y por qué no, como la imaginé. ¿Alguien todavía cree que la guerra de Troya duró diez años? ¿Y que la bella Helena, pasados los hipotéticos diez años, todavía mantenía el frescor y la lozanía que tuviera cuando fue raptada por Paris? ¿Alguien se ha puesto a pensar en eso? ¿Y en que esa, como otras tantas cosas que tenemos por verdades absolutas, podrían no serlo? La historia no es más que eso, un cuento mejor o peor contado por alguien, una versión de lo que realmente ocurrió. Un invento.
Yo quiero contar la verdadera historia de la muerte de Fabricio Ojeda. No como se comenta por la calle. No como apareció contada en el juicio, al que no tuve más remedio que asistir, y que ha sido una de las experiencias más tristes que haya tenido. Revivir los últimos momentos de Fabricio, escuchar los testimonios adulterados en boca de muchos de los testigos, percibir que todo aquello no era más que una farsa bien montada por los jueces, los policías, y hasta por los mismos vecinos, sin poder hacer nada por desenmascararlos, fue algo que me condujo, con el paso de los días, por el camino de la depresión. Ahora quiero contar lo que sé, aunque nadie me crea; aunque nadie desee desempolvar el pasado, y muchos hagan el intento de silenciar mis palabras.

iNauGUrACióN

Esta entrada no es más que una prueba. Yo no me la tomo en serio; por tanto usted tampoco lo haga.